Diseño ropa desde que eso, como bien dijo mi padre, no es que no fuera una carrera: es que ni siquiera era un oficio, a no ser que vivieras en Milán y te apellidaras Armani.
Por otra parte, mi padre no hubiera podido entonces nombrar una mujer diseñadora desde Coco Chanel y, si variar mi apellido era improbable, también era evidente que nadie jamás hubiera creído que me llamaba Giorgio.
Mi curriculum es suficientemente bueno como para que ahora mi padre esté convencido de que se equivocaba, y suficientemente extenso como para que yo me pregunte si, en el fondo, no sería él el que tenía razón.
He empaquetado en satén y guipures a madrinas de boda de la talla 50 (mea culpa), y en mouflon y tweed a niños angelicales para el Vogue Bambini. He visto el anónimo resultado de mis desvelos cubriendo (unas veces más y otras menos) a infantas, actrices, modelos, cajeras del Pryca, a profas de instituto y a sus alumnas...
El caso es que llevo toda la vida haciéndome la misma pregunta: ¿les va a gustar? ¿se lo van a poner?
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